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No te asustes, no lo voy a hacer, al menos aún no.

Leí un tuit de Matt Mullenweg en agosto y la verdad es que he reflexionado varias veces sobre él últimamente.

Vaya por delante que para nada estoy en contra de las newsletters per se, de hecho estoy suscrito a alguna bastante buena y me encantan las comunidades que aportan algo positivo al mundo, y más cuando surgen a través de la tecnología. Pero… todo tiene sus peros.

Supongo que todo lo nuevo brilla mucho más que lo viejo hasta que adoptamos de nuevo lo viejo como algo nuevo.

Puf qué lío ¿no?

Hace 20 años era algo muy transgresor escribir tus ideas en un blog. Internet era bastante menos accesible que ahora, quizás eso fomentaba la generación de comunidades y ecosistemas dentro de la blogosfera. De esto saben mucho más otros que yo, así que no me extiendo por ahí.

Sea por lo que sea, inercia, moda o ley del péndulo, nos invaden los «suscríbete a la newsletter».

¿Qué pasa con las newsletters que no tienen un contenido abierto a internet?

¿Exclusividad? ¿Sensación de intimidad? ¿Poder? ¿Diferenciación? ¿Datos?

Es posible.

Creo que deberíamos reflexionar a menudo sobre hacia dónde vamos mediante nuestros actos presentes. ¿Qué pasa con todo ese magnífico conocimiento que nos llega por email? ¿Vamos a meter internet en un disquette? Je.

Quizás hay que plantearse si volcar contenido exclusivo en una newsletter es la mejor manera de sacar la cabecita en este mar infinito de oferta digital. Ojo que cada uno explote sus modelos de negocio lo más dignamente que pueda, pero yo prefiero que seamos consecuentes. Al menos si no lo somos, seamos conscientes de ello.

Como dice Matt —aunque también le interesa por una cosilla que se llama WordPress— ¿reducimos a las nuevas generaciones que no usan Twitter ni Gmail al TikTok y al bailecito?

Esta entrada la he escrito para mí: reflexión acerca de las newsletters.